Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos Los Futbolísimos

El misterio del mundial en áfrica

Roberto Santiago

El capitán Mulenga se tocó el bigote.

Negó con la cabeza.

Nos señaló.

Y dijo muy serio:

—Helicopter unauthorized landing in the middle of the city. Destruction of urban funiture. You are all arrested! Arrested!

—¿Ha dicho que nos arresta? —preguntó mi madre, espantada—. ¡Pero si no hemos hecho nada, Mulenga! ¡Nosotros buscar a Anita! ¡Nosotros inocentes!

—Captain Mulenga decir que aterrizaje sin permiso de helicóptero en medio ciudad y que hacer destrozos en mobiliario urbano —tradujo la hermana Clarence—. Y también decir que todos detenidos, eso sí.

—¡Es una injusticia! —clamó mi madre.

—En lo del aterrizaje sin permiso lleva razón —admitió Ocho.

—Y en los destrozos también —dijo Tomeo.

—Ya, bueno, pero eso no justifica que nos lleve presos —insistió mi madre—. Mulenga, listen to me. Nosotros buscar a Anita. Niña maravilla desaparecida. Es very important. Do you understand me? ¿Me entiende o no me entiende?

—Creo que no, mamá —dije.

La hermana Clarence y el capitán se enzarzaron en una nueva discusión.

Hablaban muy rápido en inglés y nyanja.

No entendíamos nada.

Los Carlos también intervinieron, tratando de poner un poco de paz, sin conseguirlo.

Además de los coches patrulla, fueron llegando ambulancias y camiones de bomberos.

No todas las noches aterrizaba un helicóptero en una de las principales avenidas de Lusaka.

—A lo mejor tu madre nos puede ayudar —le dijo Helena a Dino.

La presidenta de la FIFI había entrado en su furgoneta.

Y esperaba allí tranquilamente a que la situación se aclarase.

—Mi madre no tiene nada que ver con el aterrizaje del helicóptero —replicó Dino.

—Ya, bueno, pero seguro que tiene contactos oficiales —insistió Helena—. Si les explica a los agentes lo que ha pasado con Anita, ayudará a que todo se aclare.

Dino pareció dudar.

En ese preciso instante, se asomó Carine Rodrigues por la puerta lateral de la furgoneta.

Llevaba un teléfono móvil en la mano y parecía hablar con alguien. Asintió y tras unos segundos, colgó.

—Vamos, Dino, cariño, ya está todo arreglado —dijo Carine—. Nos vamos.

—¿Cómo? —preguntó Camuñas—. ¿Ya podemos irnos todos? Es usted genial, señora Carine.

—No, bonito, vosotros tenéis que esperar aquí —dijo Carine—. Imagino que os llevarán al calabozo. Los únicos que nos vamos somos mi hijo Dino y yo. Bueno, y Moses también. Hala, en marcha, al hotel.

—Pero… pero… —dijo mi madre—. Nosotros somos inocentes… no hemos hecho nada…

—Claro, claro —dijo Carine—. Seguro que todo se aclara al final. Buena suerte.

—De ningún modo —soltó mi madre—. Hemos venido a este país para jugar un campeonato de su organización. ¡Tiene que ayudarnos!

—Disculpe, pero yo esta noche estoy aquí a título personal —se defendió Carine—. No represento a la FIFI…

—Señora Rodrigues, ¿nos vamos ya o no? —intervino Moses, acercándose, sin terminar de aclararse.

—De aquí no se va nadie, faltaría más —contestó mi madre, poniéndose delante de la furgoneta.

—Señora, quítese de en medio—pidió Moses.

—¡Nunca! —bramó mi madre.

—Esto se nos está yendo de las manos —dijo Carine. 

Mi madre, Carine y Moses se enzarzaron en otra discusión a gritos delante de la furgoneta.

Unos metros más allá, en medio del cruce, Mulenga y otros policías también discutían acaloradamente con la hermana Clarence y Los Carlos.

—Venid, creo que he descubierto algo —dijo Camuñas.

—No inventes cosas —dijo Marilyn—. Bastantes problemas tenemos.

—Ya te digo —afirmó Tomeo.

—Nunca debí salir del hotel, ni del pueblo, ni de mi casa… —sollozó Angustias.

—Ya, ya —le consoló Helena.

—No me invento nada —dijo Camuñas—. He visto algo muy sospechoso.

Aprovechando que todos los adultos estaban discutiendo, dimos la vuelta y nos asomamos al interior de la furgoneta.

—¿Lo veis? —dijo Camuñas.

—Los asientos de cuero de leopardo son antiecológicos —dijo Marilyn muy seria.

—Y anti buen gusto —dijo Ocho.

—Pues mi padre tiene unos asientos iguales en su coche —recordó Toni.

—Tu padre es muy poco ecológico —le recriminó Marilyn.

—Y bastante hortera —murmuró Ocho.

—Que noooooooo —dijo Camuñas—. Me refiero a eso.

El portero señaló unas zapatillas deportivas en la parte trasera.

—¡Ostras! ¡Son las de Anita! —exclamó Helena, nada más verlas.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Totalmente —dijo ella—. Son una Queen V, inconfundibles.

—Exacto —corroboró Camuñas.

Los ocho fuimos entrando en la furgoneta.

Las zapatillas estaban tiradas sobre unos papeles.

Marilyn las examinó con atención.

—¡Son un 38! ¡El número de Anita! —aseguró.

—¿Gasta un 38? —preguntó Ocho—. Madre mía, yo calzo un 32.

—Ya, bueno, pero tú eres… eres… Ocho —dijo Camuñas, quitándole importancia.

Ocho siempre ha sido el más bajito de clase y del equipo.

Es tan pequeño que parece un niño de ocho años, aunque tiene once, igual que nosotros.

Por eso le llaman así.

Bueno, y también porque lleva el número 8 en la camiseta, claro.

—Esto es muy gordo —dijo Helena—. Una cosa es que se quitara las gafas para salir más guapa en la entrevista. Cosa que no me pega de Anita, pero bueno. Ahora bien, ¿¡por qué se iba a quitar las zapatillas!? ¿¡para hacer descalza la entrevista!?

Todos nos quedamos en silencio, pensativos.

—¿Avisamos a la policía? —preguntó Tomeo—. Están ahí mismo.

—Antes tenemos que buscar más pistas para que nos crean —dijo Camuñas—. Seguro que la furgoneta está llena de pruebas.

A través de la ventanilla, observamos a Carine, Moses y mi madre. Parecía que se habían tranquilizado un poco.

Los policías y todos los demás se acercaron a ellos.

Formaron un solo grupo y siguieron discutiendo, sin ponerse de acuerdo. 

En un bando, el capitán Mulenga y Carine, que daba la impresión de que se conocían. 

Capítulo 8 de los Futbolísimos

En el otro, mi madre, los Carlos y la hermana Clarence, protestando.

Cerramos la furgoneta para que no nos vieran desde fuera y la registramos a fondo.

—Me alegra que estemos aquí todos juntos investigando —dije—. Así ya no tengo que convocar el pacto de los Futbolísimos.

—Todos no estamos —recordó Marilyn—. Falta Anita.

—Precisamente —dije—. Por eso iba a convocar el pacto. 

Estuviéramos donde estuviéramos, siempre nos ayudábamos. En eso consistía el pacto de los Futbolísimos.

Jugar al fútbol, ayudarnos los unos a los otros y, a veces, investigar casos que los adultos no resolvían. Como esa noche.

—¡Mirad, aquí hay un bolígrafo de cuatro colores! ¡Ajá! —dijo Camuñas.

—¿Anita tiene un boli de cuatro colores? —preguntó Ocho, extrañado.

—No, pero me parece muy sospechoso —dijo Camuñas—. ¿Quién lleva un bolígrafo de cuatro colores hoy en día? 

—Yo tengo varios —dijo Angustias.

—Yo también, me flipan —admitió Tomeo.

—Y yo, molan mucho —dijo Marilyn.

—Vale, vale —dijo Camuñas—. Pero además de Angustias, Tomeo y Marilyn, ¿quién lleva bolígrafos de este tipo?

Todos levantamos la mano.

Camuñas se encogió de hombros.

—La verdad es que yo también —reconoció—. Pero creía que era el único.

—¡Eh! ¡Esto sí que es una pista buena! —dijo Toni.

Nos mostró unas carpetas llenas de papeles.

—Son contratos en varios idiomas —aseguró Toni, hojeándolos.

—¿Y? —preguntó Helena—. Si hubiera secuestrado a Anita, ¿tú crees que lo habría puesto por escrito?

—Eso no, claro —concedió Toni—. Pero nunca se sabe. Este caso es muy extraño.

—Yo sigo pensando que deberíamos llamar a la policía y contarles lo de las gafas y las zapatillas —insistió Tomeo.

—Pero si nos quieren detener y llevar a un calabozo —recordó Camuñas—. Tenemos que resolver esto nosotros, por algo somos los Futbolísimos. Como ha dicho Pakete, ¿verdad?

—Bueno, yo no he dicho que debamos resolverlo solos —respondí—. Me refería a que…

No pude continuar hablando.

Dino se asomó y exclamó:

—¿¡Qué hacéis ahí dentro!? ¡Esos papeles son de mi madre!

—¡Shhhhhhhhhhhhhhhhh! —dijo Toni—. Estamos investigando, calla que te van a oír.

—¿Investigando a mi madre? ¿Por qué? —preguntó Dino, enfadado—. ¡Salid de la furgoneta ahora mismo!

Camuñas echó los seguros por dentro.

—¿¡Qué haces!? —preguntó Dino.

—Eso, ¿qué haces? ¿por qué nos encierras? —preguntó Marilyn.

—De aquí no nos movemos hasta que descubramos la verdad —dijo Camuñas.

Dino se asomó por la ventanilla del conductor, que tenía el cristal bajado.

—¡Salid de ahí! —ordenó.

—Confiesa —dijo Camuñas, mostrándole las zapatillas—. ¡Tu madre ha secuestrado a Anita!

—¡No digas tonterías! —gritó Dino, intentando entrar en la furgoneta por la ventanilla.

—¡Ayudadme! —pidió Camuñas.

Entre Tomeo, Marilyn y el propio Camuñas empujaron a Dino y cerraron también el cristal.

Dino golpeó desde fuera.

Como no podía hacer nada, pegó un tremendo alarido:

—¡Mamá, esos niños se han metido en la furgoneta y están hurgando en tus papeles!

De inmediato, Carine y el resto del grupo vinieron hacia la puerta de la furgoneta.

Dino seguía golpeando desde fuera.

—Qué pesadito está con los golpes —dijo Ocho.

—¿¡Quién está ahí dentro!? —preguntó Carine Rodrigues, sorprendida.

No podía vernos porque los cristales estaban tintados.

—¡Son los niños del Soto Alto! —nos acusó Dino—. ¡Están revolviendo todo! ¡Y han cogido tus papeles!

—¡Chivato! —exclamó Camuñas.

—¡Salid ahora mismo! —gritó Carine.

—¡Nunca! —dijo Camuñas—. ¡Tenemos las zapatillas de Anita! ¡Confiese que la ha secuestrado!

—Qué perra os ha dado con el secuestro —replicó Carine, malhumorada—. ¡Abrid he dicho!

Ella también golpeó la puerta con la mano abierta.

—Tal vez deberíamos abrir y hablar todo tranquilamente —dije.

—Yo creo que sí —dijo Ocho—. Esta situación es ridícula.

—A mí me está entrando claustrofobia —suspiró Angustias.

—¡De aquí no salimos hasta que confiese que es la autora del secuestro, Carine Rodrigues! —exclamó Camuñas—. ¡No nos moverán!

—Moses, abre inmediatamente —ordenó Carine.

—No puedo, señora —contestó Moses—. Las llaves están dentro y han echado los seguros.

—¡Abrid la furgoneta, estas no son formas de hacer las cosas! —advirtió mi madre.

—¡Vosotros abrir puerta, niños! —intercedió la hermana Clarence—. ¡Aquí fuera hablar tranquilos todos temas!

—¡Salid de ahí con las manos en alto! —gritó Carine—. ¡Capitán Mulenga, detenga a estos delincuentes!

—Criminals, get out of there! —nos amenazó el capitán Mulenga.

—¡Mulenga, a los niños no les llame criminales que la tenemos! —bramó mi madre.

Unos y otros empezaron a gritar.

Y a golpear la furgoneta desde fuera.

—Creo que me va a dar un ataque de ansiedad —dijo Angustias.

—Si abrimos será peor, ¿no os dais cuenta? —dijo Camuñas—. La policía está conchabada con Carine, por eso la iban a dejar largarse hace un momento. Y el capitán Mulenga hace todo lo que ella dice.

—Entonces, ¿qué propones? —le pregunté.

—Propongo que no salgamos hasta que Carine confiese —dijo Camuñas—. Es la única oportunidad que tenemos. Si la policía se lleva las zapatillas y todo lo demás, adiós a las pruebas. Es ahora o nunca, compañeros.

—A mí me ha convencido —dijo Toni.

—Yo estoy muerto de miedo, pero también me ha convencido —dijo Tomeo.

—Es una locura, pero estoy contigo —dijo Marilyn.

—Y yo —dijo Ocho.

—Qué más da, total ya nos van a meter en la cárcel para siempre, haré lo que digáis —sollozó Angustias.

—¡Somos los Futbolísimos, siempre unidos! —dijo Helena.

Solo quedaba yo.

Todos me miraron.

—Si lo he entendido bien, la idea es atrincherarnos aquí dentro —dije—. Aprovechar que tenemos las zapatillas de Anita; exigir a la presidenta de la FIFI que confiese el secuestro, y hasta que no lo haga… no movernos de aquí.

—No lo habría explicado mejor —asintió Camuñas.

—Está bien, me apunto —dije—. Pero vamos, es un disparate.

—Quedas nombrado portavoz —me dijo Camuñas.

—¿¡Yo!? ¿Por qué? —protesté—. Ni siquiera ha sido idea mía.

—Ya, pero tienes un pico de oro… —aseguró Camuñas.

—Es verdad, Pakete —dijo Ocho—. Al fútbol nunca has sido muy bueno, pero a labia no hay quien te gane.

Los golpes de fuera cesaron de repente.

—¡Chicos, escuchadme atentamente! —dijo mi madre—. ¡Si no salís de ahí, la policía va a abrir la furgoneta por la fuerza y todo será mucho peor! 

—¡Tenéis tres segundos para salir por las buenas! —gritó Carine, fuera de sí.

Camuñas me dio un codazo.

—Vamos, portavoz, es tu turno —me susurró.

Me armé de valor y exclamé:

—¡Hemos encontrado las zapatillas de Anita aquí dentro! ¡Son unas Queen V de la talla 38! ¡Carine Rodrigues, todo lo que has contado antes es mentira! ¡Confiesa que eres una secuestradora o jamás saldremos de aquí!

—Muy bien ese toque dramático —dijo Ocho—: «jamás saldremos de aquí».

Carine no pareció impresionada por mis palabras.

Empezó la cuenta atrás:

—¡Tres!

—Cariño, abrid la puerta —dijo mi madre—. No seáis cabezotas. Si la policía abre a la fuerza, os acusarán de robar la furgoneta y será todavía más grave.

—Pero es que todo lo que ha dicho Carine es mentira… —repliqué.

—¡Pamplinas! —exclamó mi madre.

Tragué saliva.

—Sé fuerte, Pakete —me dijo Camuñas—. No cedas.

Miré las zapatillas de Anita. Estaba claro que Carine ocultaba algo.

—¡Somos el Soto Alto Fútbol Club! —grité—. ¡Si nos hacen algo a uno de nosotros, nos lo hacen a todos! ¡Carine, confiesa que eres una mentirosa y una secuestradora!

—¡Malditos críos, vais a terminar muy mal esta noche! —respondió Carine—. ¡Dos!

Se oyeron murmullos que venían de fuera.

La hermana Clarence, los Carlos, mi madre…

Todos esperaban que fuéramos razonables y abriésemos.

—¡Uno! ¡Y…!

La cuenta atrás de Carine estaba a punto de finalizar.

Helena me miró y me dijo:

—No te rindas.

—¡No nos moverán de aquí hasta que Carine confiese! —exclamé—. ¡Aquí está el Soto Alto, invencible como el cobalto!

Mis compañeros me secundaron.

Todos a la vez coreamos nuestro lema:

—¡¡¡Aquí está el Soto Alto, invencible como el cobalto!!!

Entonces, la furgoneta empezó a balancearse como si estuviéramos en un barco.

—¿¡Eh!?

¡La estaban moviendo desde fuera!

Una de las enormes grúas que había venido para llevarse el helicóptero, había enganchado la furgoneta desde arriba… y nos estaban llevando por el aire.

—¡Tengo vértigo! ¡Y angustia! ¡Y de todo! —gritó Angustias.

Las poleas nos transportaron hasta un camión-grúa que acababa de llegar.

Los agentes de policía hacían señas al conductor para que nos depositara con cuidado.

—¿Adónde nos llevarán en ese camión? —preguntó Tomeo, asustado.

—Nos meterán en un sótano oscuro y nunca saldremos —se lamentó Angustias.

Todos empezamos a gritar al mismo tiempo:

—¡Socorro! ¡Ayuda! 

A cada vaivén por los aires, daba la sensación de que nos íbamos a pegar un buen trompazo. 

—¡Uoooooooooh! ¡Uooooooooooooh!

Camuñas se acercó al cristal delantero y golpeó desde dentro.

—¡Auxilio! ¡Han secuestrado a la niña maravilla! ¡Carine es una mentirosa! ¡Y ahora nos quieren secuestrar a nosotros…!

¡CATAMPLUM!

La grúa nos soltó de golpe sobre la parte superior del camión.

Camuñas perdió pie y cayó de culo.

Golpeó sin querer el freno de mano.

Y la furgoneta… ¡comenzó a deslizarse por la rampa hacia abajo!

Los policías se apartaron para no ser arrollados.

Fuimos cayendo.

Hacia atrás.

La calle estaba empinada.

Del impulso, la furgoneta cada vez cogía más y más velocidad.

Por la ventanilla, vi a mi madre y a los demás que nos hacían gestos para que nos detuviéramos.

Pero ya no dependía de nosotros.

Aquella furgoneta iba marcha atrás y sin frenos.

—¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!!

El destino de los futbolísimos está en tus manos